El agricultor Manuel Villablanca, de San Ignacio, limpia a mano sus semillas con un harnero para separar la ballica y otras impurezas, un método que aprendió de sus mayores y que sigue vigente pese a la tecnología.
En un galpón de San Ignacio, en la Región de Ñuble, el agricultor Manuel Villablanca mueve de un lado a otro un harnero colgado de cuerdas. Con ese gesto repetido, separa las semillas de avena de todo lo que no debe ir a la siembra. Se trata del harneado, una técnica milenaria que todavía se usa en el campo chileno.
El problema de la ballica
Villablanca explicó que el proceso sirve para separar las semillas más chicas, sobre todo la ballica, una maleza que hoy está muy presente en la agricultura. Por eso, dijo, la semilla debe pasar por el harnero: así queda más seleccionada antes de sembrarla.
En su caso, la avena que trabaja tiene poca ballica, pero igual la pasa por el harnero para sacar otras impurezas, como el rábano.
Un saber heredado
El agricultor recordó que sus mayores hacían esta labor de la misma forma y que hoy el proceso ha ido cambiando con nueva tecnología. Él, en cambio, no cuenta con ella. “Tengo que hacerla así”, señaló.
Nada se pierde en el proceso. Lo más pequeño que cae por el harnero, una especie de cascarilla, sirve de alimento para los animales. “Esto sirve para dárselo a los animales, a las gallinas, a las vaquitas, a las ovejas”, explicó.
“Hay que sembrar con fe”
Villablanca reconoció que, como muchos productores de la zona, se dedica a los cultivos tradicionales porque es lo que saben hacer. “Hay que hacer esta pega no más, porque no sabemos hacer otro”, comentó.
Consultado por los tiempos de la temporada, admitió que van “un poco atrasados”, aunque atribuyó el retraso a la lluvia. Aun así, cerró con un mensaje de optimismo: “Hay que sembrar con fe no más”.




















